Artemisa necesitó diferenciarse incluso antes de nacer. Le pidió a Zeus una multiplicidad de nombres, un séquito innumerable de ninfas y la libertad de no casarse jamás. El padre accedió. Pero antes de recibir esos dones, asistió al parto de su propio hermano: apenas nacida, ya oficiaba como comadrona. La diosa de la virginidad llegó al mundo ayudando a traer otro al mundo.
Roberto Calasso, en El cazador celeste, describe su segundo nacimiento a partir del simulacro de Éfeso: los animales adheridos al manto, la negrura aceitosa de la figura, las criaturas superpuestas. Luego, el movimiento: Artemisa desprendiéndose de ese peso con un gesto súbito, saliendo de su estuche para convertirse en la diosa más ligera, la que corre y hiere. Se despoja de la naturaleza que parecía retenerla para habitarla, por fin, en sus propios términos.
Su mellizo, Apolo, encarna el conocimiento que se declara con nombre propio. Artemisa conserva el saber del cuerpo, de los ritmos, de las mutaciones silenciosas. Como la luna con la que la tradición terminaría por identificarla, preside los pasajes y las transformaciones graduales. En sus santuarios no había sacerdotes del silogismo, sino niñas-osas: ritos de iniciación en los confines de la ciudad, adolescentes que durante un tiempo "eran osas" antes de ingresar en la vida adulta. Las eschatiaí —los márgenes entre el territorio civilizado y lo salvaje— constituían su dominio: esos bordes que delimitan lo interior precisamente porque permanecen afuera.
Este dossier se cierra con Artemisa por una razón precisa. La luna, que cambia de fase sin desaparecer, ofrece en tiempos de transición acelerada la imagen más justa de lo que la trama olímpica puede todavía enseñarnos: no respuestas, sino umbrales; no certezas, sino la capacidad de atravesar los estados sin perder el hilo que permite regresar.
Pathosformeln visualesLeocares (atribuido), Artemisa de Versalles (siglo IV a.C., copia romana)
Museo del Louvre, París
Artemisa en movimiento, sacando una flecha del carcaj mientras un ciervo corre a su lado. Pathosformel del impulso cinegético: el cuerpo en plena acción, el animal que es compañero y víctima a la vez.
Tiziano Vecellio, Diana y Acteón (1556–1559)
National Gallery, Edimburgo / Museo del Prado, Madrid
Artemisa descubierta en el baño por Acteón. Pathosformel de la violación del límite: el umbral que no se puede cruzar impunemente, el cuerpo femenino como territorio vedado cuya transgresión tiene consecuencias.
Houdon, Jean-Antoine, Diana cazadora (1776–1795 (varias versiones))
Museo del Louvre, París
Artemisa desnuda en equilibrio sobre la punta del pie, el arco a punto de disparar. Pathosformel de la libertad en equilibrio inestable: el cuerpo que se sostiene solo en el límite entre el movimiento y la caída.