Ficha XII de XIII

Hermes

El que accede pero no posee Límite / TransgresiónEje V · Artemisa / Hermes
Animal sagrado La tortuga

Nacido al alba, tañía la lira a mediodía
y por la tarde robó las vacas del Certero Apolo.

Himno homérico a Hermes, 17–18

Hermes nació al alba y antes del mediodía ya había cometido su primer robo. Confeccionó la primera lira con el caparazón de una tortuga muerta, robó el rebaño de Apolo, lo escondió sin dejar rastros y volvió a su cuna envuelto en pañales. Cuando Zeus lo descubrió, se rió. Hermes tenía eso: hacía reír incluso a quienes debían castigarlo.

Su nombre viene de herma: el montón de piedras que marcaba los límites de un territorio. Hermes es, en su origen, una demarcación. La ironía es que el dios de los límites es también el que los cruza todos: mensajero entre el Olimpo y el inframundo, guía de los muertos, protector de los ladrones, dios del comercio y de la magia. Cada barrio de Atenas tenía su 'Hermes' —un pilar cuadrangular con cabeza barbada y miembro viril erecto— ante el que se realizaban ofrendas. La demarcación como presencia.

La tortuga puede pensarse como una piedra móvil: un ser que se desplaza sin abandonar su casa. La inamovilidad original del mojón convertida en movilidad perpetua. Hermes lleva su territorio encima, del mismo modo en que la tortuga lleva su caparazón: la pertenencia no como lugar fijo sino como condición interna.

Cuando en una reunión todos callaban de repente, los griegos decían: entró Hermes. La misma sensación que hoy describimos diciendo pasó un ángel. Su presencia tiene algo espectral: es como si secretos nocturnos se movieran en pleno día. Es guía de los muertos al inframundo pero también los trae de vuelta: en el Himno a Deméter, es Hermes quien conduce a Perséfone de regreso. El motivo de Hermes es volverse indispensable sin reclamar posesión.

Pathosformeln visuales

Praxíteles, Hermes con el niño Dioniso (c. 330 a.C.)

Museo Arqueológico de Olimpia

Hermes sosteniendo al niño Dioniso con un brazo, el otro —perdido— probablemente sostenía uvas para tentarlo. Pathosformel del mensajero que cuida: la fuerza al servicio de algo más pequeño e impredecible que él.

Giambologna, Mercurio volador (1580)

Museo Nazionale del Bargello, Florencia

Hermes sobre la punta del pie de un sátiro, el cuerpo lanzado hacia adelante, el caduceo en la mano. Pathosformel del movimiento puro: el dios que no tiene peso, que no toca el suelo, que está siempre a punto de partir.

Rubens, P. P., Hermes guiando las almas (detalle del Juicio de Paris) (1636)

Museo del Prado, Madrid

Hermes con el caduceo acompañando la escena como testigo y conductor. Pathosformel del testigo que conecta: el que está en todas partes pero no interviene, que ve todo pero no posee nada.