Dioniso es, quizá, la figura más inquietante del panteón griego. Es uno de los pocos dioses cuya mitología incorpora, en ciertas tradiciones órficas, un ciclo de desmembramiento y renacimiento; uno de los pocos cuyo culto parece arribar a Grecia desde geografías periféricas —Tracia, Frigia, Anatolia—; y el único que convierte el exceso en principio religioso y la disolución de los límites en experiencia teológica. En algunas tradiciones tardías, incluso, ocupa el lugar de Hestia entre los doce olímpicos: el dios del desborde reemplaza así a la diosa del centro doméstico.1
Las bacantes de Eurípides narran las consecuencias de esa irrupción. Cuando Penteo, rey de Tebas, intenta resistir la llegada del culto dionisíaco, termina despedazado por su propia madre, poseída por el trance báquico. La tragedia sugiere que aquello dionisíaco que el orden busca reprimir retorna con violencia redoblada. No puede prohibirse; sólo puede ser reconocido e integrado.
Aby Warburg identificó en varias láminas de su Atlas Mnemosyne la persistencia de una Pathosformel dionisíaca: el cuerpo arqueado hacia atrás, la cabeza lanzada en éxtasis, los cabellos sueltos, el paño agitado por una energía centrífuga. La fórmula reaparece en sarcófagos romanos, en los frescos de la Villa de los Misterios y en la pintura renacentista, para prolongarse —como supervivencia formal— en modulaciones expresivas posteriores.
El Baco de Caravaggio presenta a un adolescente de mirada entornada que ofrece una copa mientras parece beber de ella. No sabemos si contemplamos a un hombre disfrazado de dios o a un dios que ha descendido hasta hacerse indistinguible de lo humano. Y acaso la verdad última de Dioniso reside en la fisura donde la identidad comienza a disolverse.
Caravaggio lo entendió mejor que nadie: su Baco de los Uffizi (1596–97) no es un dios sino un adolescente con los ojos a medio cerrar, ofreciendo una copa que él mismo está bebiendo. Un individuo ordinario disfrazado de dios. O un dios que ha bajado tanto que ya es indistinguible de la humanidad.
Pathosformeln visualesAnónimo, Fresco dionisíaco de la Villa de los Misterios (c. 60 a.C.)
Villa de los Misterios, Pompeya
Ciclo completo del rito de iniciación dionisíaca: figuras en diversas etapas del trance, el dios recostado sobre Ariadna. Pathosformel del éxtasis dionisíaco en su forma más completa: la iniciación como encuentro con el desborde.
Caravaggio, Michelangelo Merisi da, Baco (1596–1597)
Galleria degli Uffizi, Florencia
Dioniso adolescente, sonrojado, ofreciendo una copa que está bebiendo él mismo. Pathosformel de la desmitificación: el dios reducido a su humanidad más literal. La copa como umbral entre lo sagrado y lo ordinario.
Tiziano Vecellio, Baco y Ariadna (1520–1523)
National Gallery, Londres
La escena formula una Pathosformel del encuentro dionisíaco: el instante en que el exceso irrumpe en una vida organizada para desbaratarla y rehacerla.